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| "Ocultación" ©Miguel Ruibal (http://miguelruibal.blogspot.com) |
Omitir y postergar: dos rostros de la misma negación del ser aquí y ahora, dos formas de dar la espalda al tiempo y ceder a la muerte el espacio de la vida. Nadie olvida realmente lo que ama de verdad. Nadie renuncia a sus deseos más íntimos, profundos, primarios, acaso inconfesables. Pero no siempre es posible realizar el amor o satisfacer el deseo. Muchas veces la imposibilidad es impuesta por las circunstancias, pero la más de las veces proviene de nuestras más razonables sinrazones, nuestra percepción del absurdo y el sin sentido. Omitir y postergar pueden ser falta de impulso vital, creencia mágica en la duración infinita de la oportunidad, falta de imaginación acerca del tiempo y la caducidad de nuestra único e irrepetible turno para intentarnos como obras maestras de nuestro propio esmero. Pero también pueden ser una forma de imaginación suficiente para ver la inmensidad cósmica, histórica y -para bien o mal- humana y abandonar la tentativa de ser, como el náufrago asido a una tabla puede olvidar la esperanza demencial de encontrar tierra o -siquiera- un navío providencial en la inmensidad oceánica.
En el pulso entre el absurdo y el sentido de la vida se apuestan las fichas del hacer o no hacer, del postergar o actuar, de la omisión o la inclusión. El juego tragicómico, regente de la existencia humana tal cual lo visualizó Dostoievski en la que considero su obra clave, El Jugador, no la mejor o mi favorita, pero si la que contiene la hoja de ruta de uno de los pocos escritores dignos de ser releídos insaciablemente. (Un análisis detenido y completo de tal opinión, en mi ensayo "El Sentido del Juego o La Chistera de la Desgracia" en este mismo blog.)
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Nuestra época se vale de muchos conceptos para evaluar a los seres humanos. Conceptos como ganador o perdedor y cosas por el estilo que -invariablemente- se asocian con la cuenta bancaria y la aceptación social. Nuestra época nos califica según nuestra integración al sistema económico, social y cultural. Todas las épocas han sido lapidarias con quienes escapan al esquema de sociabilidad de los sensatos. Quien se mueve fuera del guión que nos entregan al "limpiarnos" de la "suciedad" de la placenta tiene opciones dentro de la marginalidad: el manicomio, la cárcel o esa fina condena del sistema en boga que consiste en ser exiliado de entre los vivos a punta de adjetivos. Los dolientes y débiles lamentan esto y uno no entiende qué hacen confinados en sus charcos de lágrimas onanistas. Otros asumimos sensatamente nuestra condición, nos obstinamos en vivir -lo que se llama vivir- conforme a nuestros actos y decisiones, y a veces nos apasionamos en un insano orgullo ante el "error". Somos soberbios y déspotas, pero no ante la gente común, sino ante los titiriteros que nos quieren de bufones: nos vemos en el bufón de Lear, uno de los más inquietantes personajes de Shakespeare.
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Hace un par de años, ciertos contactos de facebook militantes de la intelectualidad funcional me criticaron por haber hecho de un juego tonto una pieza literaria. "Te tomas demasiado en serio", fue la grave acusación. Quizá es cierto, no lo creo así, y en todo caso no importa: Yo no puedo escribir algo sin hacer literatura, cosa que atribuyo a mi cortedad de miras y mi ya añejo encierro domiciliario donde mis libros y mis letras son el cuerpo y la sangre de mi comunión con la vida.
Ahora sólo pretendía explicarme el abandono de casi seis meses de este blog y ya se ve el retorcimiento en que me abismé, supongo que lamentablemente.
Entre los primeros párrafos y los actuales hubo una interrupción para un asunto monetario. No son cosas que me saquen de mi propia mente, única región en que habito, pero sí cambian la respiración y el humor. Ante esto se puede optar por la bilis verde amarillenta de la vesícula que milagrosamente conservo o por la bilis negra que -sinónimo de melancolía- movió a Platón a expulsar a los poetas de su platónica República.
Si he expuesto o no las razones del abandono éste, es cosa relativa al lector: para alguno será suficiente lo escrito, para otro será mera retórica, para mí basta y sobra con eso.
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Un blog es una bitácora de viaje. Mientras se sobreviva para contarlo, se está a tiempo de cubrir los eventos y anotar los registros. Cuando estudiaba arquitectura, después de teatro y psicoterapia y antes de filosofía, hice muchos viajes escolares. Mis compañeros tomaban fotos, dibujaban bocetos de imitación y anotaban; yo admiraba pasivamente. Había que entregar las bitácoras al regreso. Mientras los demás emperejilaban y engargolaban yo escribía y dibujaba. Muchas veces me traicionó la memoria, pero aún recuerdo cuanto vi: no necesito ojear u hojear esas bitácoras. Y es que la memoria tiene secciones privilegiadas, eso ya se sabe sobradamente: este tiene memoria visual, aquel otro auditiva, etcétera. Yo tengo una extraordinaria memoria para las reflexiones mías y de la abundante gente valiosa con que la vida me ha obsequiado. Es recordando lo que pensé o pensaron como invoco lo que sucedió. Las inexactitudes no son sino la copra, la herrumbre, la paja que el tiempo ha consumido. Poco puede Cronos contra la sustancia, esa certeza es mi última referencia indirecta a los graves asuntos de la omisión y la postergación.
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Durante estos meses he trabajado en algo de lo que hablaré cuando sea un hecho. Publiqué algunas cosas que -como me sucede casi siempre- me siguen gustando y me demuestran, cada una de ellas, que lo que uno escribe nada tiene que ver con lo que otros leen. Los malentendidos y las interpretaciones malintencionadas con -por ejemplo- "Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia. La acusación y la prédica" y "Romance Prohibido" en Milenio Semanal, "De un Mundo Raro" en Replicante o los polémicos y muy leídos "El Decoro en las Redes Sociales" y "En un Lugar de los Medios" en la entrañable revista etcétera son desconcertantes aunque previsibles. Pero antes que estos textos variopintos había publicado, en Milenio Semanal, "Epítome del Desencanto". Creo que nunca me sentí más lejos de mis contemporáneos al leer los escasos comentarios y las erróneas conclusiones que apuntaban a que renuncio a la utopía y los esmeros que exige. Pero más me inquietó el silencio, como si nadie se hubiera enterado, como si a nadie le hubiera interesado, como si fuera un delirio mío y en realidad jamás hubiera escrito eso. Pero lo escribí y publiqué. también sé que lo leyeron y releyeron, que se sintieron confrontados, que prefirieron no estar de acuerdo y que no encontraron las palabras que podrían expresar tal desacuerdo o -más precisamente- el deseo intenso de marcar distancia con lo escrito por mí, acerca de un yo que es un inmenso nosotros. Y es que el desencanto busca conventos donde esconderse y purgar su culpa, tramas conceptuales y retóricas autocomplacientes o bien, como ha sido en mi caso y unos pocos de mis lectores, mirarse a sí mismo, encender un pitillo, mirar el horizonte y dar con las nuevas entelequias sin las que -a mi muy personal talante- la vida no sería más cosa que un pedo de cómico entre el estruendo del carnaval. El desencanto tiene que ver con muchas cosas, pero no -al menos no el mío- con la omisión y la postergación. Creo que nos hemos puesto al día.


1 comentarios:
Si logro saltar al moderador, tendré suerte.
El abandono de tu blog queda justificado con este último post.
Me surgen varias inquietudes tras la lectura: omisiones como modos de decisión, nuestro drama, como diría Ortega y Gasset.
Que el término ‘loser’ sea actualmente un calificativo de descredito ante lo subjetivo de su opuesto.
Y que el desencanto sea territorio real.
Escribes con una perspectiva dura de asimilar; como ver un bar de día: roto, maloliente, desordenado.
Sin embargo, esas penumbras existen, aunque nos neguemos a correr la cortina.
Tus manifiestos son como del antihéroe de esta película, incomodan esa parte que se cobija en las inercias.
La sal en la herida; la lucidez ruda en un mundo donde ¿el futuro era esto?
Y te seguiré leyendo, porque sí.
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