perfectamente serio
—Antonio Machado,
"En el entierro de un amigo"
(Una aproximación, en sus propias palabras, a Guillermo Mendizábal Rico: "25 cosas sobre mí" *)
No sé cómo fue que nuestras conversaciones vulneraron mi incapacidad para ir a ningún sitio a encontrarme con nadie. Algo habrá tenido que ver lo que para mí era claro: nunca mentía, siempre expresaba su opinión sin caravanas ni consideraciones hacia nadie y sin procurar privilegios o beneplácitos. Tampoco recuerdo cuándo y cómo nos vimos por primera vez. Recuerdo que encontré a un tipo duro pero afable y cálido; encontré una conversación fertilizada a base de letras, cultura verdadera, y la buena leche que había mamado de su egregia estirpe. Encontré en él dos de las cosas que más aprecio: valentía (a veces agresiva y hasta violenta cuando era menester) y sentido del humor. Encontré también que si sus opiniones sobre arte y literatura siempre tenían fundamentos sólidos, sus opiniones sobre la gente parecían dictadas por un dios en el que no sé si creía, no lo creo, no era un tema importante.
Me invitó a participar en una charla dentro de su taller de creación literaria. Coincidencias más o coincidencias menos ambos veíamos la literatura desde un bagaje similar y desde conceptos que parecían elaborados al alimón. Ese fue el segundo encuentro, en el que la amistad quedó abierta y sellada.
Hubo más encuentros relacionados con la literatura, en su blog El Microbio Terrible * o en el mío, y sobre todo en los cafés en que nos encontrábamos tan frecuentemente como podíamos. Estos últimos pasaban por la literatura pero eran más bien los de dos amigos que se conocen de siempre y hablan de las vaguedades y "frivolidades" que brinda la auténtica amistad.
Ese "microbio terrible" era un título curioso para un blog: Pensé y así lo dije que se refería al bicho invisible de la literatura, miniatura viva que nos invade y nos condiciona hasta poseernos del todo y esclavizarnos. Casi tuve razón, pero Guillermo no se refería a tal estipendio lírico: era el microbio terrible de la hepatitis C -tan parecido al que he descrito como literario- que no hacía mucho lo había tenido varias semanas en coma y que deambulaba en él como una amenaza interna, incontrolable y letal. No era un quejica, más bien tenía el plantado de un caballero estoico: si supe de ese padecimiento fue porque me di cuenta de la forma obsesiva en que se cuidaba. Guillermo quería vivir, amaba la vida y se desvivía por ella. Su mente llena de proyectos y esperanzas no tenía espacio para el tajo de guadaña que intempestivamente terminó con eso. Y con nuestros planes en común, planes anotados en un cuaderno, planes que no pudieron ser porque ambos teníamos que resolver antes el asunto del pan... el de la sobrevivencia. ¡Qué torpe ironía!
Al día siguiente del nacimiento de mi pequeño José Miguel me acompañó a escoger el que sería su primer regalo. Nos reímos de que parecíamos viejas cotorras eligiendo chambritas. Elegimos un perro de felpa antialergénica al que después llamé Can-can. Cuando me decía alguna verdad incómoda, amenazaba a Guillermo con hacer pública su ternura de clóset. Se reía. Esta impúdica delación es una venganza por haberse muerto con tanta vida en él, llevándose en la sangre ya inmóvil el microbio terrible de la vida.
Hace un año y días de eso. Poco antes, no más de una semana, hubo esperanzas para su situación económica, pero no le pagaron un trabajo. Eso no le impidió, cuando enfermé gravemente, ayudarme echando mano de la solidaridad de diversos amigos y con dinero contante y sonante que quién sabe de qué bolsas vacías, qué chistera voluntariosa, habrá sacado. Está claro que no pude pagarle, pero más claro tengo que no esperaba que le pagara. No sé si se dio cuenta siquiera de cuánto me ayudó. Guillermo podía no tener para comer, pero tenía para que comieran otros.
Como nos ha pasado a muchos, tuvo otras oportunidades de reponerse. Apenas hacía un año que había salido del coma pero se esmeraba desmesuradamente por concretar cuanto emprendía. Y emprendía cuanto se le ocurría. Y siempre me invitó. De nuestros proyectos comunes pocos tocaron tierra pero hay uno que cuando cobró forma fue un milagro que reverencio: nuestra profunda amistad.
Hace unos meses lo noté fastidiado, sólo un poco, me preguntó por "su sobrino" y me propuso una nueva idea, sensata y viable como siempre. Aquí, en mi escritorio, están los apuntes de esto que su muerte impidió. Me dijo como asunto muy delicado, muy discreto, que había escrito una cosa que no sabía si publicar, algo de alcances que le daban vértigo. Me lo leyó advirtiéndome que sólo alguien más y yo lo conocíamos. Poco después lo publicó. Fue lo último que leí de él y que cualquiera puede leer: "Conmemoración de todos los hombres". Abarca a todos, vivos, muertos y por venir... A todos, y a él.
Esta madrugada el mundo ha perdido a un escritor fuera de serie y yo a un amigo como los que Séneca buscaba. Guillermo —"El abuelo" para quienes fueron sus compañeros desde el bachillerato— me manda decir que nos guardemos de sensiblerías: yo me sonrío un poco y escribo esto durante su velorio. Yo no voy a velorios, vieja abstinencia. El cuerpo presente del alma ausente no me significa nada: me significa -y mucho, y muchísimo ahora- el alma presente del cuerpo ya irrevocablemente ausente.
Valgan por rito fúnebre las palabras de Machado que he puesto como epígrafe.
"¡Non Omnis Moriar!", grita Guillermo con efímero enfado.
-------------------------
*Los derechos de autor del blog "El Microbio Terrible" de Guillermo Mendizábal fueron registrados íntegramente por él con permiso para distribuir reconociendo la autoría. Licencia de "Creative Commons"


1 comentarios:
Tuve el honor de ser amigo del buen Guillermo.
La noticia de su partida me ha dejado un amargo, muy amargo sabor de boca, el cual, por cierto, todavía no pasa.
Estimado y fino amigo Guillermo, tantas pláticas, tantos planes y tú fugándote tan intempestivamente.
Te pido de favor que cuando quieras que nos encontremos, avisame por lo menos un día antes.
Gracias.
Joel Rojas.
Publicar un comentario en la entrada