Soneto del Anhelo Equívoco

Cassanova en Argento, por Eko

Soneto del Anhelo Equívoco
Miguelángel Díaz Monges

De toda la memoria sólo vale
el don preclaro de evocar los sueños
-Antonio Machado

Si yo no fui aquello que soñabas
Tampoco fui la ruina de tu sueño
No era por mí por lo que tú llorabas
Ni quise hallar en tu soñar mi dueño.

Ninguna espera de la vida es vana
Ningún reproche es justo a los deseos
El anhelo sucumbe cuando gana
Y es soñar del vivir los escarceos

Si esperaste de mí lo que yo no era
Y tú no fuiste porque me esperaste
Fuiste lo mucho que soñó la espera

Nunca fue por no ser que tú lloraste
Sino porque la vida verdadera
Era otro sueño que tú no deseaste.

Salvo Cortázar

Salvo Cortázar
Miguelángel Díaz Monges
(12 de febrero de 2009)

Leí el primer Cortázar cuando él ya había muerto. Recién muerto. Fue –supongo que no hay sorpresa- Historia de cronopios y de famas. Me seguí con Bestiario y en seguida Las armas secretas, donde "El perseguidor". Suelo hacer eso de meterme a un autor y seguirme hasta agotarlo o agotarme. Algo se habrá cruzado entonces que me distraje de Cortázar no sé hacia dónde. Muchos años después vendrían Rayuela, leída en las dos formas elementales, Los Premios y no sé si todo lo demás, salvo Salvo el crepúsculo. Mi mente tomada por ideologías no me permitía conciliar al Cortázar humano con el que hallaba en los libros. Es que, lo supe después, no hallaba nada, ni en el hombre ni en sus letras. Me divertí, me entretuve y me asombré con Cortázar, pero no entendí a Cortázar, no comprendí su obra y mucho menos su modo creativo.

Cortázar es un escritor noble, apto para cualquier lector, y a la vez exigente: años de diletancia y estudio me permitieron un segundo Cortázar, complementario, coherente, implacablemente serio. El gracioso romanticón de mi temprana edad adulta se me transformó en un autor indigno de reposar sobre la mesa de noche. A Cortázar hay que leerle con muchos sentidos, más de cinco, con muchos libros en la suelas y con el tranchete de la estupidez sobre la yugular: los coqueteos con la frivolidad inquietan al verdugo tanto como la solemnidad priva de la danza. No sé si he disfrutado más a este Cortázar, ni importa.

Con todo, había algo que no encajaba plenamente, algo que le hacía sombra de Fama al Cronopio.

Entonces vino esa hospitalización en el psiquiátrico. Quizá el único libro del que recuerdo puntualmente cómo y cuando adquirí es Salvo el crepúsculo. Me lo llevó mi hermano ese 13 de septiembre del 94. Mohosas cortinas de pvc me separaban de los criadores de marsopas y otras bestias, mi casa había sido tomada y yo me había largado con lo puesto, un músico enfermo de inmortalidad buscaba un saxofón mientras médicos y enfermeras jugaban a construir un patíbulo en el que hacían de lobos los esporádicos visitantes que generosamente pagaban el encierro de sus locos.

Así leí Salvo el crepúsculo, el libro póstumo de Cortázar, el que no vio impreso, en el que se obsequió una libertad con método que me es imponente y ejemplar. El libro que me dio las instrucciones para leer a Cortázar. El único del que recuerdo quién, cuándo, dónde, a qué hora y porqué. El que no se consigue en ninguna parte (fuera de catálogo, no hay existencias). El único de los muchos libros que he perdido en tanto vagar del que no me despojan, porque retengo su olor, su orden, su desorden, sus bordes de hojas dobladas señalando lo uno o lo otro.

Él tenía leucemia y sabía que iba a morir. Se marcó un tango y un jazz, golpeó la pera, dijo unas palabras con dejo porteño y arrastre afrancesado: "Si he de vivir sin ti, que sea duro y cruento", "La inmortalidad es una muerte". No se puso ni a inmortalizarse ni a morir, se puso a escribir, reunir y ordenar lo propio y lo ajeno. El libro pudo ser apurado, pero no precipitado; al contrario. Un libro raro de rara poesía hecho de saldos de toda su vida, una orgía de apuntes, instrucciones, manuscritos, epígrafes de Basho, Yourcenar, Cernuda o Paz (bailaron juntos, torpes, en la India, danzas que les enseñaban sabios jóvenes hindús, ¿lo han mirado?). No sin querer, pues, supongo, Cortázar recogió en su última obra el poema de Miguel Barnés en el que reafirma sus certezas, las de Cortázar: las memorias y la soledad, el olor a lluvia, el deseo de cambiar las cosas. ¿Por qué no permitir que sea ese gesto el que finalmente me ayude a conciliar al hombre con su obra? Es extravagante, insultante, irreverente, pero es cierto.

Dos gobiernos se disputan sus cenizas. ¡Ah, esos Famas, señoritas de París! Hablemos quedo para que no sepan que tales cenizas las robó el perseguidor y andan hechas música, hombre y barro de letras en incontables ejemplares de muchísimos libros y –entre ellos- en el Salvo el crepúsculo que perdí o me birlaron, el que es mío aunque ya no lo sea, el que leí entre bestias y delirios cuidados por una Maga y una tía Culona, el libro tomado.

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