Foto: Pedro Meyer
TODAVÍA DON MARIO QUE PERSISTE
Miguelángel Díaz Monges
Primero fue mi madre que me trajo La Tregua estremecida por ese "todavía, es decir que se acaba". Poco después, quizá a mis 13 o 14 años, en el librero de un hogar que me dio refugio durante un pasaje doloroso de mi vida, encontré El cumpleaños de Juan Ángel. Tan diferente al otro, tan la misma pluma en otras alas. Los críticos, los jóvenes aspirantes a eruditos y sabios, los aprendices de intelectuales se apresuraron a decirme que don Mario era un escritor mediocre y un poeta menor. Ellos que conocían tantas palabras que yo era incapaz de comprender dividían a los poetas en mayores y menores. Y yo, inteligencia pobre, tampoco podía comprender esa parte, así que seguí leyéndolo. Lo que comprendía yo, apenas empezaba a comprenderlo, era que miseria, tortura, exilio y honestidad no eran nimiedades.
En el 79 triunfaron los sandinistas y algunos nos fuimos a Managua como voluntarios (recuerdo la sonrisa cómplice del abuelo –ese anciano vasco exiliado e inútil- ante el horror del resto de la familia). Jóvenes y vacíos, incultos y esperanzados dimos en creer que poco a poco sucedería con la pobreza lo que decía Neruda en sus odas. En Managua cantaban a Mejía Godoy y por todas partes oían a Nacha Guevara cantando a Benedetti. Cuando dejé Managua me di cuenta de que mi ayuda valía un ápice comparada con lo que había aprendido, no de gramática, ni de estética, ni de hondas teorías, contundentes discursos, elevadas retóricas. Irrevocablemente mi atención quedaba puesta en el hombre.
Con eso volví a México, y la buena fortuna que se esconde detrás de los errores y las faltas me puso entre exiliados uruguayos, chilenos y argentinos. Ellos sabían de qué hablaban: con el intelecto y la coherencia de sus líderes derrocarían a las dictaduras (a veces olvidaban la pobreza y sólo recordaban la libertad), por eso tenían que ser fuertes, y por eso tenían que parecer intelectualmente indestructibles. Oí desconcertado que los hermanos de El Galpón y del PCU pensaban, como los críticos, que Benedetti era un poeta menor y que su prosa no valía demasiado. Pero ya entonces había oído las mismas palabras acerca de tantos a los que yo leía emocionado que no hice sino asumir que mis autores abundaban en esa cloaca ignominiosa. Fui quedándome solo con mis gustos, con mis ideas, con mis pasiones. Fui volviéndome –si cabía- aún más callado. Dejé los discursos pero no los afanes. El Partido, la lucha clandestina legada por Lucio Cabañas, los compañeros que nunca traicionaron y los que traicionaron tanto que nos hicieron quedarnos sin lugar entre las multitudes, eso llamado pueblo. Mi silencio ya era absoluto, ya era negación total, concesión permanente, asco callado y solitario. Entonces, como invocado por la raíz sedienta de mi espíritu rebelde, vino don Mario y me enseñó una frase: "Ustedes preguntarán por qué cantamos". Nunca más callé, y he sabido pagar el precio: comprendí que la palabra "todavía" puede significar que se acaba, pero también significa que persiste. Yo leo a Benedetti todavía.
Miguelángel Díaz Monges
A la memoria de Mario Benedetti,
como es obvio
como es obvio
Primero fue mi madre que me trajo La Tregua estremecida por ese "todavía, es decir que se acaba". Poco después, quizá a mis 13 o 14 años, en el librero de un hogar que me dio refugio durante un pasaje doloroso de mi vida, encontré El cumpleaños de Juan Ángel. Tan diferente al otro, tan la misma pluma en otras alas. Los críticos, los jóvenes aspirantes a eruditos y sabios, los aprendices de intelectuales se apresuraron a decirme que don Mario era un escritor mediocre y un poeta menor. Ellos que conocían tantas palabras que yo era incapaz de comprender dividían a los poetas en mayores y menores. Y yo, inteligencia pobre, tampoco podía comprender esa parte, así que seguí leyéndolo. Lo que comprendía yo, apenas empezaba a comprenderlo, era que miseria, tortura, exilio y honestidad no eran nimiedades.
En el 79 triunfaron los sandinistas y algunos nos fuimos a Managua como voluntarios (recuerdo la sonrisa cómplice del abuelo –ese anciano vasco exiliado e inútil- ante el horror del resto de la familia). Jóvenes y vacíos, incultos y esperanzados dimos en creer que poco a poco sucedería con la pobreza lo que decía Neruda en sus odas. En Managua cantaban a Mejía Godoy y por todas partes oían a Nacha Guevara cantando a Benedetti. Cuando dejé Managua me di cuenta de que mi ayuda valía un ápice comparada con lo que había aprendido, no de gramática, ni de estética, ni de hondas teorías, contundentes discursos, elevadas retóricas. Irrevocablemente mi atención quedaba puesta en el hombre.
Con eso volví a México, y la buena fortuna que se esconde detrás de los errores y las faltas me puso entre exiliados uruguayos, chilenos y argentinos. Ellos sabían de qué hablaban: con el intelecto y la coherencia de sus líderes derrocarían a las dictaduras (a veces olvidaban la pobreza y sólo recordaban la libertad), por eso tenían que ser fuertes, y por eso tenían que parecer intelectualmente indestructibles. Oí desconcertado que los hermanos de El Galpón y del PCU pensaban, como los críticos, que Benedetti era un poeta menor y que su prosa no valía demasiado. Pero ya entonces había oído las mismas palabras acerca de tantos a los que yo leía emocionado que no hice sino asumir que mis autores abundaban en esa cloaca ignominiosa. Fui quedándome solo con mis gustos, con mis ideas, con mis pasiones. Fui volviéndome –si cabía- aún más callado. Dejé los discursos pero no los afanes. El Partido, la lucha clandestina legada por Lucio Cabañas, los compañeros que nunca traicionaron y los que traicionaron tanto que nos hicieron quedarnos sin lugar entre las multitudes, eso llamado pueblo. Mi silencio ya era absoluto, ya era negación total, concesión permanente, asco callado y solitario. Entonces, como invocado por la raíz sedienta de mi espíritu rebelde, vino don Mario y me enseñó una frase: "Ustedes preguntarán por qué cantamos". Nunca más callé, y he sabido pagar el precio: comprendí que la palabra "todavía" puede significar que se acaba, pero también significa que persiste. Yo leo a Benedetti todavía.



7 comentarios:
Qué cosas. Yo me sentía muy sin asideros porque sigo leyendo a Benedetti, todavía. Leyendo literatura mediocre, de secundaria, que debe quedarse en el fondo de los libreros donde no la vean las visitas.
Realicé un curso de teatro en el que incluí Pedro y el Capitán pero dije, primero que nada, que no era la mejor muestra del teatro latinoamericano. La estaba incluyendo por un gusto personal, decía a modo de disculpa, como si fuera cosa menor lo que se re-presenta en esa obra.
He conocido gente importante en mi vida que lee a Benedetti, pero no están ni en el ámbito periodístico, ni en las letras, ni siquiera tienen buena ortografía. Entonces yo decía: claro, es el tipo de gente que lee a Benedetti, está bien para ellos. Yo debo buscar Literatura Mayor. ¿Qué tal, digamos, Paz? ¿Qué tal Girondo?
Y sí, bien. Bonito, profundo, grande e inabarcable. Pero cuando estaba sola regresaba a Benedetti.
Hoy que ha muerto me pregunto por qué, a ver, ¿por qué tanta insistencia en que no hay que leer esa literatura adolescente y naïve? ¿Por qué dedicarse a tratar de restarle importancia y a descalificar su "popularidad", su "facilidad", como si fueran pecados?
¿Habrá quien todavía se molesta mucho cuando los adolescentes recitan el Padrenuestro Latinoamericano? ¿Habrá quienes todavía sienten muy agresivo aquéllo de "uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere"?
Porque si los hay y tienen mucha prisa por decirnos que no hay que leer a Benedetti porque es muy "básico", deben tener razón: hay cosas muy básicas que debemos encontrar en él y no les convienen.
Si los hay y no quieren que lo leamos, deben tener sus razones. Muy sospechosas razones.
no se que decir de el
me gusta como escritor
como persona no.
alguna cosas son simples pero bellas, compraria un libro de el ahora, pero no seria mi amigo.
volvere
eran mucho más que dos.
A mí me place respetar las filias y las fobias de los demás.
Poco existe en ésta vida más honesto que lo simple. Y en lo complicado se está entretenido...
Muy bueno tu texto, Miguelángel, como siempre.
Me encanto tu post y tu blog, muy agradecido con tu relato.
Muy buen texto.
No lo creo todavía.....
Fui quedándome solo con mis gustos, con mis ideas, con mis pasiones. Fui volviéndome –si cabía- aún más callado... Y CON SU PLUMA Y CON SUS VERSOS, QUE PERDURAN AUNQUE ÉL M HA MUERTO... QUE SI SIMPLE, QUE SI MENOR... AL FIN BENNEDETTI AL FIN TU GUSTO, TU IDEA, MI GUSTO, MI IDEA, BENEDETTI DE NUESTRO GUSTO...
Dicen por ahí que en gustos se rompen géneros, en pareceres Bretañas... y en empedrados tacones...
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