Polvo Eres (Tributo a Octavio Paz mediante un viejo texto)

Octavio Paz. Foto: Daniel Mordzinski

En junio de 1989 empecé a publicar bajo la batuta del gran Huberto Batis. El camino a "Sábado" era largo y había que empezar por las páginas culturales del unomásuno. Esto fue lo segundo o tercero que publiqué. Lo rescato hoy como un oportuno tributo a Octavio Paz (31 de marzo de 1914 -19 de abril de 1998), que aún vivía- en su natalicio y a mi abuela Chepa (1913-2008), que para el corazón tiene muy poco de haber fallecido. Tanto a Paz como a Chepa dediqué incontables páginas después, no sólo en En el Retrete del Mosto; ambos son constantes en mi obra y mi inventario sensible (y, a veces, sensiblero).

POLVO ERES
Miguelángel Díaz Monges

Puestos a hablar de cultura, es necesario mencionar a mi abuelita Chepa. No tengo la menor idea de cuál será su escolaridad, pero sé que durante algunos años trabajó en la Biblioteca del Congreso, donde conoció al periodista Roberto El Diablo, “medio vulgar”, y a don Francisco Hernández y Hernández (papá de Tulio), “una dama”.

Su contacto con los libros era de un profundo respeto mutuo: ni ella se metía con ellos ni ellos con ella. En una ocasión, sin embargo, llegó un hombre “de lo más fino” hasta su escritorio pidiéndole que le permitiera llevarse un libro a su casa, lo cual estaba prohibido. Se trataba de un libro en alemán dificilísimo de conseguir. Mi abuela, consciente de sus deberes para con la cultura, se lo regaló. Unas semanas después llegó un desconocido a devolver el libro, explicando que lo había encontrado en el escritorio de un amigo (curiosa y servicial amistad, por cierto). Así, el libro fue restituido al acervo de la Biblioteca y la cultura -como criatura cuaresmal- volvió al polvo.

Por esa misma época de su juventud, mi abuela gustaba de ir a bailes. En esos trotes bullangueros conoció a un joven escritor "de no malos bigotes" que se llamaba Octavio y se apellidaba Paz. Cuando mi abuela me contó esto, corrí a leer “Piedra de sol”:

“Melusina, Laura, Isabel, Perséfona, María...” Y por más que busqué, por ningún lado decía Chepa No me atreví a decírselo a mi abuela. Pero ella está ahí, entre los versos, como está aquí, ante la pantalla de la televisión, viviendo, ser humano a fin de cuentas, con y a través de la cultura, en la versión (sorprendente, hay que decirlo) de Raúl Velasco.

Tal vez don Octavio, “corriendo por los árboles nocturnos” pueda toparse de pronto con una muchacha que se llamaba Chepa y vivía en las calles de Taxco; pero la creación, por magnánima que sea, no puede ser nunca el cabal testimonio de una vida. Cuando la humanidad entera vuelva al polvo, la cultura le sobrevivirá petrificada. Y no está mal.

1 comentarios:

Gio Yakún dijo...

¡Que gran tributo!

Es una dulce ironía esto de que son las vidas de las personas las que se pierden, pero son las personas a través de sus vidas las que crean cosas perdurables... como la cultura.

Ese "algo" inasible, intangible, más real que los ladrillos, pues los cohesiona y les da sentido. Que es creada por los grandes, pero mantenida por los chicos. Y que gracias a ello, se transfigura.

Un abrazo!

Gio.