Muecas Karmáticas

MUECAS KARMÁTICAS
Miguelángel Díaz Monges

El hombre trágico sienta cabeza, se labra un porvenir y, en resumen, sale adelante. Entretanto el hombre cómico anda de tumbo en tumbo, dando palos de ciego –por ceguera o por mera manía-, con el presente al cuello, el mañana en ascuas y la circunstancia tirada a la bartola. El pretérito del hombre cómico es un desorden más o menos divertido y bastante patético, aunque a veces no. El trágico se asegura un futuro con los pies en la Tierra y vive en paz. Ya se sabe que de nacimiento uno trae el futuro asegurado, pero si sólo se considera ese futuro no hay para qué escribir ni una palabra. El cómico va a su aire, suele contrariar a propios y extraños y toma decisiones precipitadas sobre cosas trascendentes. El hombre trágico pondera. Es previsor. El hombre cómico es desmedido y se aferra al instante, aun si todo cuanto puede ofrecerle el presente son preocupaciones por el futuro. El trágico no ríe gran cosa. Tampoco se sabe de muchos cómicos a los que les caiga en gracia su paradigma existencial. En abstracto -a menos que se conceda que ir a la deriva es azaroso, cosa inaceptable- el cómico es igualmente trágico, de un modo distinto, quizá más sutil o menos evidente. Lo cierto es que parte de su condición trágica consiste en ignorarla.

No. Lo trágico del cómico es su encierro en la comedia. La comedia es trágica como la tragedia, ambas inmutablemente escritas, previstas o movidas por impulsos ocultos calculados como vectores y dirigidos con toda precisión a puntos predeterminados. El día que el cómico abandone la comedia, la tragedia descansará de su omnímoda presencia. La comedia es un obstáculo para el buen devenir de las cosas. Las cosas son trágicas. El supuesto de que el hombre o el azar actúan eficazmente obstruye la visión de los hechos, cosa que no representa ningún contratiempo para el suceder universal. La soberbia de la razón no agota el ámbito de la sinrazón, le ayudan los rituales cavernarios, la animalidad con su lastre de rebelión contra el condicionamiento. Como efecto de un conflicto de pulsiones, el escorpión magenta del Darién suele encajar su aguijón en tallos de arbustos urticantes. El asunto está poco estudiado. La capacidad encefálica es un agrandamiento de las virtudes y los vicios de la bestia resagada. Todo se hace más nítido, pero nada distinto. Alguien lo escribió con toda lucidez: “La civilización no suprime la barbarie, sólo la perfecciona.” La visión trágica del mundo y sus fenómenos es menos rebelde que la cómica. Todo otero cómico es una plataforma hacia el suicidio: el pensador cómico o el cómico pensante -no importa la diferencia- no argumenta, sino que hace girar el tambor de un revólver que le apunta a la sien.

El cómico se contonea en la dicha fársica como pelele cuya cruceta se mueve según el canto del macho cabrío. ¿Alguien vio a una marioneta volverse hacia los dedos que la manipulan? Tal vez el hombre cómico siente los hilos que lo mueven y adivina la mano inagotable que lo usa. Tal vez el hombre cómico sabe que es trágicamente incapaz de librarse de su condición cómica. No lo confesará, podemos asegurarlo.

De Cómo Llegó El Sofista A Los Campos De Fútbol y tal y tal.

DE CÓMO LLEGÓ EL SOFISTA A LOS CAMPOS DE FÚTBOL PARA DAR INSTRUCCIONES DE VIVIR, DESVIVIRSE Y DEJAR DE VIVIR, SE DILUYÓ EN EMOCIONES DISPERSAS CUAN DIVERSAS, VINO A DAR PIE AL DE LA MUERTE Y A OTROS TEMAS, MATÓ LA MAGIA A UN MAGO Y LA DEPOSITÓ EN LA EXTRAÑA FABULACIÓN DE QUE ESTO TRATA.

Por Miguelángel Díaz Monges

A Monique et nôtre magicien

La representación puede empezar
cuando se desée o de un momento a otro;
también puede no empezar jamás,
que el mundo rueda a espaldas de las
acciones y las pasiones de los hombres.

-Camilo José Cela, Once Cuentos de Fútbol

1. Fútbol

Zenón de Elea entra de recambio en tiempo de reposición, cuando el silbato ya está en la boca del árbitro, el defensa se ha barrido hacia la trayectoria del esférico, el portero se ha lanzado en el mismo sentido y el balón se abre en comba con un efecto que por fracciones de grados, metros y segundos puede colarse en la base del poste, chocar contra él o ser despejado como si se diera una patada al culo de la vida. El corazón del delantero va del sístole al diástole en el transcurso; con él va el pulso mío y de una parte del género humano. El barullo de las gradas se ahoga en la gran carcajada de Zenón de Elea.

2. Ontología

A diferencia de la mayoría entre los de mi generación, mi primer acercamiento al fútbol no fue un padre fastidiado de la vida berreando estupideces frente a un televisor. Tampoco fueron un balneario, el patio del colegio o un descampado cercano a la casona familiar –esto fue después. Mi primer contacto con el fútbol y más específicamente con la pelota fue un balonazo en la cara. También fue ése el detonador de mi primera incursión en los catorrazos a mano limpia. Fue, además, mi primer vislumbre de una sensación que muchos años más tarde me sería tan habitual como conmocionante: la del inexorable arribo del fin de mes sin dinero para afrontarlo ni alma a la que embaucar con un sablazo. Aquel instructivo balonazo fue una inmersión tan definitiva en el mundo futbolístico que lo he evocado cada vez que mi equipo -mi cuerpo, mi espíritu- queda eliminado por un puto penalti fallado -ese universo emocional que se deposita en el empeine de un jugador con la fe que llevó a los primeros cristianos a convertirse en mierda de león. Un balonazo en la cara; el balón en los guantes de un portero: la psique a sólo once metros de la debacle o la sublimación.

3. Genealogía

He llegado a una edad en la que muchas cosas me emocionan pero muy pocas me sobresaltan hasta hacerme temblar, producirme insomnio o tomar mis sueños por asalto. Si la sangre que brotó de las entrañas de mi abuela al morir en mis brazos hace precisamente once meses me hizo estallar en llanto cuando me creía seco para siempre, siete meses antes pude ser yo el que muriera gracias a lo que algunos califican como "once idiotas detrás de una pelota" (once son los metros que separan el punto penal de la línea de meta, once los meses de que murió mi abuela en un vómito de sangre, y siete es el número dilecto de los supersticiosos y es el emblemático de los grandes de Chamartín). Para llegar al quid vivencial de esto sugiero echar ojo a los últimos minutos de los respectivos partidos jugados por el Real Madrid y el Barça el 9 y el 17 de junio de 2007. Quien lo vio no lo olvida: pocas veces el fútbol sin balón tuvo la grandeza que alcanzó en la actitud del capitán merengue, Raúl González Blanco, quien desde el banquillo parecía dirigir una orquesta de gladiadores angélicos dispuestos a tomar el campo de juego (no "el cielo por asalto", tampoco la Embajada de un país "enemigo").

4. Patología

Un año antes Zinedine Zidane había dejado el fútbol. Se despidió de la liga española, de las filas del Real Madrid, harto de darlo todo y no ganar nada, fastidiado de hacer magia intrascendente. El momento mágico prescindió de su magia. La magia de Zizou: magia blanca –magia triste: bleu, blue- en un mundo donde sólo entra en los libros la bitácora de los truquillos negros -si no es que grises o sepias- que hacen fondo al baño de oro y la bisutería –"vidrios rotos". Zizou decidió –quizá sin saberlo, y como siempre o casi siempre- no llegar, no ser él quien levantara esa copa, quien bebiera el vino del triunfo y padeciera la resaca de la gloria.