Éste que huye el mundanal ruïdo

ÉSTE QUE HUYE EL MUNDANAL RUÏDO
(Tributo a Félix Lope de Vega)

Miguelángel Díaz Monges © MDM

Por y para Aurelio Asiain

Una vez visto lo que a verme vino,
de vergüenza transido, consternado,
a no buscar los versos me encamino

y me encierro en mi prosa, desconfiado.

Mas visto he visto que tampoco atino

a que mi prosa brinde buenos tragos
a Vanidad, la musa a que destino
de mis noches los tiempos más aciagos.

Cegado por lo visto en mi camino
procuro, ciego, no buscar halagos
pero la musa quiere lo divino

y yo, para que paste por mis pagos,
escribo y cumplo el arriesgado sino
por más que yerre en todo lo que hago.



Este cuadro es "La Angustia" de Botero


Retrato Accidental Estacionando el Coche

Monique con gabardina manejando
(Foto: Miguelángel Díaz Monges)

Retrato Accidental Estacionando el Coche
Miguelángel Díaz Monges © MDM

Le había dicho que se me antojaba un endecasílabo para Aurelio, por "el rayo que cayó cerca del Yodo". Ella estaba en lo suyo. Frenó y quebró en reversa. (Llovía, tormenta eléctrica, "debe ser general", Pedro y Nadia me entienden, también Marcos). La banqueta a más de 50 centímetros. "Acércate un poco. Hay una laguna (que no es lo mismo que un olvido)." Maniobró lo necesario. "Gracias por evitarme pisar el olvido."

Domingo de locos

Picasso, Joven con pipa

Domingo de locos
Miguelángel Díaz Monges
PDF © MDM

Este cuento basado en hechos reales fue publicado en el semanario etcétera en 1994. Actualmente está en proceso de rehechura, pero eso no significa que haya dejado de disfrutar el compartirlo con sus erratas de origen y demás barbaridades.


No más Olla Podrida


He clausurado mi otro blog.
Todo cuanto había allá lo pasé a éste.
Si a alguien le pica la curiosidad
pinche este enlace a La Olla Podrida.

TAN SENCILLO

Imagen: "Cantos" de EKO

TAN SENCILLO

Miguelángel Díaz Monges
© MDM

Llamar al pan el pan y que aparezca
sobre el mantel el pan de cada día
-Ocatvio Paz, "La vida sencilla"

Me despierto feliz aunque casi no he dormido. Todo en mí sonríe. Porque la mañana es soleada y un gorrión se pasea por el antepecho del balcón. Y saca pecho mientras me estiro y veo todos estos árboles frente a la ventana. Porque la silueta del pez se parece a la cadera de mi amada, porque en los espejos de agua hay un tetris de insectos que consumó la noche, porque en la superficie del agua estancada en la fuente juegan damas chinas las hojas caídas de los árboles, porque las hojas caídas se funden con los reflejos de las que se sostienen en las ramas como si hicieran el amor. Porque E es mi hermano y no podemos remediarlo. Porque H está ahí y tampoco eso puede evitarse. Porque P me estrechó la mano. Porque A me obsequió un privilegio. Porque A, el otro, el más cercano, es inagotablemente generoso. Porque M no usa disfraces. Porque en la entrepierna de E, que es ella, crecen flores de buganvilla púrpura. Porque el hueledenoche es una flor lejana que durante el día es recuerdo y promesa. Porque la lluvia enfada a los astutos y alegra a los ingenuos. Porque a los críos les gusta ir a la escuela. Porque al repartidor de butano le gusta su trabajo. Porque hay agua clara en el glifo y agua multicolor en la tarja. Porque la oración de San Francisco no es propiedad de los lobos del hombre. Porque vivo poemas, leo ensayos, reingenio novelas, veo fotografías y pinturas, escucho todas las músicas desde los cantos gregorianos hasta los vallenatos y el hip-hop que escuchan mis hijos y que trato de entender para hacerme la ilusión de que no hay abismos. Porque despierto deseando a mi mujer y ella me desea. Porque ambos deseamos la vida, porque la vida desea la vida, porque la luz dispara sus fotones y el viento trae aromas de este mundo esférico y por tanto infinito. Porque Eros, por hoy, por este instante tiene en jaque a Tánatos, amén. Porque entre alfa y omega todo es una gran orgía de ciegos que se aman bajo la luz que no perciben y no piensan en ello. Porque despierto feliz aun sin haber dormido.

LA RAZÓN A DESTIEMPO

No recuerdo con certeza si fue Marguerite Yourcenar quien escribió:

"Tener razón antes de tiempo es una manera de estar equivocado"

El 21/07/08 publiqué el "La Vanguardia" de Catalunya el artículo "Ingrid Betancourt y los rehenes sin identidad" (también en este blog). La acogida por parte de los lectores fue fatal.

La edición de hoy (4/09/08) de "El País" publica uno, de otra autora, llamado "Cautivos de las FARC y del olvido" con muy buena acogida.

EN EL SEGUNDO SE DICE LO MISMO QUE YO DIJE, PERO MES Y MEDIO DESPUÉS, con la diferencia única de que lo mío era opinión (casi un ejercicio de futurismo adivinatorio, meras lucubraciones sin más sostén que la triste observación y la experiencia) y lo de El País reportaje (que es empírico, a la segura y con "los pelos de la burra en la mano").

Con otras colaboraciones (incluso más apegadas a datos y números) pasaron cosas similares. Es por eso que dejé de colaborar con ese diario (que, todo hay que decirlo) no elige a sus lectores y en todo momento me respetó como autor.

ANDANZAS DEL LIBRO QUE VIVIÓ EN PALACIO

ANDANZAS DEL LIBRO QUE VIVIÓ EN PALACIO
Miguelángel Díaz Monges
(© Imprenta y MDM)

Ed. Heyk no logró un sitio en las enciclopedias, lo que quizá lo deja fuera de la historia. Habría que inventar casi todo sobre él. En 1904 publicó una monografía de 194 páginas (que incluyen árbol genealógico y un breve índice analítico) acerca del príncipe Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen, primer Canciller de Alemania, nacido el primero de abril, como quien esto escribe, pero de 1815 y en Brandemburgo, Prusia; vivió agitadamente 83 años y cuarto y murió en Berlín (capital del Estado Alemán; imperio que él unificó, edificó y convirtió en uno de los más poderosos, sanguinarios y fracasados de que se tenga memoria) el 30 de julio de 1898, es decir, seis años antes de que Ed. Heyk viera impreso el libro que constituye la única noticia que tenemos acerca de su paso, el de Heyk, por el mundo.

Pese a tan vacías cajoneras algo de él sabemos ya. Por lo pronto que ha muerto, por joven que fuese cuando escribió su libro. También que era un burgués (un noble, particularmente un noble alemán, no habría suprimido de sus créditos el título nobiliario) y que era un burgués de esos que merodeaban la corte, adinerado, dispuesto a adquirir un título al precio que fuese. Sabemos que sentía ese monstruoso orgullo que sienten algunos, generalmente alemanes, por la grandeza alemana (valoración que tanto daño ha hecho al mundo y a Alemania) y que, como pasa con todos los mediocres, admiraba y reverenciaba a sus opresores: pocos personajes registra la historia tan absolutistas e intransigentes como el que fuera llamado "El Canciller de Hierro", cuyo carácter le hizo merecedor de dar nombre al acorazado en el que Adolf Hitler puso la suerte marítima del Tercer Reich.

Otra prueba tenemos de sus anhelos cortesanos: Este libro, titulado secamente Bismarck, publicado a seis años de muerto el mayor acreedor del orden político alemán, implicó mucho tiempo de investigación, recopilación gráfica y, luego, labores editoriales y de impresión, de lo que debemos inferir que no perdió un segundo para iniciar su trabajo; que quizá remojó en tinta la elegante pluma durante los mismos funerales del príncipe. Por lo demás, ¿quién aportó tanto material gráfico inapreciable, como una copia facsimilar de quién sabe qué cosa, sin duda importante, escrita por el vencedor de Sedán, daguerrotipos y fotografías, caricaturas de época (ya lo eran entonces), reproducciones de dibujos y pinturas de diversos autores, y todo esto no sólo acerca de Otto Eduard Leopold, príncipe de Bismarck, sino también del sinfín de políticos y lugares que lo vieron desde abajo o, a lo más, lo vieron pasar calmo y sin titubeos hacia su objetivo, lejano a cuanto pudiera atestiguar sus arrolladoras pisadas. No hay duda de que el señor Ed. Heyk fue un lambiscón fracasado, con lo que el autor se nos queda aquí. Tampoco hay gran cosa que añadir en torno a su personaje: es del género que interesa a lectores de biografías de genios y tiranos.

Más interesante que la existencia de estos dos caballeros me parece la vida del libro que me reúne con ellos. Y más que la vida del libro la de un cuarto personaje involucrado en su historia. El libro es intachable por su hechura: su estado de conservación y su olor revelan el profesionalismo de los editores Liebhaber=Husgaben, que tuvieron por logotipo un demonio barroco, quizá un dragón, que apresa tres rollos de papiro. Me ha sido imposible identificar la tipografía: muchos caracteres son difíciles de interpretar, sobre todo los usados en páginas principales; en las interiores está claro que el tamaño es moderno (8 a 10 puntos en cuerpo y 6 a 7 en los pies de ilustración). Nada inapropiado a una edición de 1904, incluso el encuadernado estilo holandés y un ex libris no mucho más reciente. Los editores mostraron su presteza en otro detalle al que no puede haber sido ajeno nuestro ya abandonado señor Hayk: aunque los caracteres son difíciles y el alemán es un idioma que ni conozco ni pienso conocer en la vida (aunque, ¿quién me asegura que por avatares como los vividos por este libro no terminaré pastoreando reses en una aldea a 15 kilómetros de Franckfurt?), puedo leer que se tiraron sólo 100 ejemplares encuadernados como el que tengo enfrente, numerados en romanos del 1 al 100 (lo que se advierte mediante arábigos). Esto sólo confirma que el libro era para agradar a ciertos políticos cortesanos. Y si el que tengo es el número IV, ¿no perteneció acaso y sin duda a algún destacado ministro con más de una distinción nobiliaria? La historia alemana da muchas respuestas posibles a las preguntas abiertas: ¿cómo llegó el libro a manos del cuarto personaje involucrado, seguramente su segundo poseedor y quién era éste, cómo lo conservó, transportó, salvó de más de una debacle, etcétera? Pudo ser un general derrotado en la Primera Guerra Mundial o un relevante miembro del partido Nazi o quizá un judío coleccionista. Imposible de saber. Apenas podemos adivinar que ése u otro nuevo poseedor del libro se exilió, vino a América, a México, vivió lo que le quedara y enfermó definitivamente o murió sin descendencia o con ella a fines de 1974 o principios de 1975 (justo por aquel periodo mi padre me secuestró tras varios años durante los que mi madre le impidió verme y, claro, lo que ya está mal, me negó su presencia), mientras leía o releía el libro (¿hubo quizá un cuarto dueño?), según muestran las dos hojas de calendario (9 y 10 de octubre del primero de esos dos años, una de las cuales ofrece, a la vuelta, un consejo referente a la educación de los hijos y la otra un chiste que tiene por locación un manicomio) dobladas por la mitad y colocadas entre las páginas 114 y 115. De ser otra la causa de la interrupción de la lectura, como, por ejemplo, aburrimiento o descubrimiento de mala documentación del trabajo, seguramente las marcas de seguimiento se encontrarían varias páginas antes. Me permito tal conjetura por tratarse de alguien que leía alemán, cosa que invariablemente acusa disciplina.

El caso es que quien haya entrado a su ya desolada biblioteca decidido a convertir en pesos esos papeles inútiles escritos en un idioma hermético hizo las cosas de tal modo que el libro fue a dar, por ahí de 1995, a un puesto de periódicos en las afueras de la estación de autobuses de Taxqueña, donde el voceador anotó con lápiz, en la primera interior, un inapelable $6.00 al que yo, que siempre llego tarde a todas partes y sin embargo ese día tuve unos minutos extras para pasear por entre esos puestos y parar en uno a hurgar, no pude resistirme, y que hoy ese libro, editado e impreso con todos los lujos en Leipzig en 1904, destinado a elevadísimas funciones, tocado por eminentes manos, se aburre en un pequeño pueblo provinciano e inculto, donde el índice de analfabetismo (en cualquier idioma) se redondea oficialmente en 80%, de un extraño y bárbaro país llamado México, en los anaqueles de la biblioteca de un hombre que no entiende palabra de alemán.

Más de un siglo habrá pasado desde el día de 1904 en que el señor Heik celebró en Leipzig el tener en sus manos los bellísimos 100 ejemplares numerados de su libro, realizado con pasión, esmero y grandes espectativas, hasta el día en que alguno de mis hijos o de mis nietos, conocedor del alemán e interesado por el poder o las biografías, vuelva a leerlo y se ría de lo distintas que se ven las cosas bajo la luz o la sombra (¿quién nos asegura cuál de las dos actúa?) del tiempo, la historia y sus secuelas.