DE CÓMO LLEGÓ EL SOFISTA A LOS CAMPOS DE FÚTBOL PARA DAR INSTRUCCIONES DE VIVIR, DESVIVIRSE Y DEJAR DE VIVIR, SE DILUYÓ EN EMOCIONES DISPERSAS CUAN DIVERSAS, VINO A DAR PIE AL DE LA MUERTE Y A OTROS TEMAS, MATÓ LA MAGIA A UN MAGO Y LA DEPOSITÓ EN LA EXTRAÑA FABULACIÓN DE QUE ESTO TRATA.
Por Miguelángel Díaz Monges

A Monique et nôtre magicien
La representación puede empezar
cuando se desée o de un momento a otro;
también puede no empezar jamás,
que el mundo rueda a espaldas de las
acciones y las pasiones de los hombres.
-Camilo José Cela, Once Cuentos de Fútbol
Zenón de Elea entra de recambio en tiempo de reposición, cuando el silbato ya está en la boca del árbitro, el defensa se ha barrido hacia la trayectoria del esférico, el portero se ha lanzado en el mismo sentido y el balón se abre en comba con un efecto que por fracciones de grados, metros y segundos puede colarse en la base del poste, chocar contra él o ser despejado como si se diera una patada al culo de la vida. El corazón del delantero va del sístole al diástole en el transcurso; con él va el pulso mío y de una parte del género humano. El barullo de las gradas se ahoga en la gran carcajada de Zenón de Elea.
2. Ontología
A diferencia de la mayoría entre los de mi generación, mi primer acercamiento al fútbol no fue un padre fastidiado de la vida berreando estupideces frente a un televisor. Tampoco fueron un balneario, el patio del colegio o un descampado cercano a la casona familiar –esto fue después. Mi primer contacto con el fútbol y más específicamente con la pelota fue un balonazo en la cara. También fue ése el detonador de mi primera incursión en los catorrazos a mano limpia. Fue, además, mi primer vislumbre de una sensación que muchos años más tarde me sería tan habitual como conmocionante: la del inexorable arribo del fin de mes sin dinero para afrontarlo ni alma a la que embaucar con un sablazo. Aquel instructivo balonazo fue una inmersión tan definitiva en el mundo futbolístico que lo he evocado cada vez que mi equipo -mi cuerpo, mi espíritu- queda eliminado por un puto penalti fallado -ese universo emocional que se deposita en el empeine de un jugador con la fe que llevó a los primeros cristianos a convertirse en mierda de león. Un balonazo en la cara; el balón en los guantes de un portero: la psique a sólo once metros de la debacle o la sublimación.
3. Genealogía
He llegado a una edad en la que muchas cosas me emocionan pero muy pocas me sobresaltan hasta hacerme temblar, producirme insomnio o tomar mis sueños por asalto. Si la sangre que brotó de las entrañas de mi abuela al morir en mis brazos hace precisamente once meses me hizo estallar en llanto cuando me creía seco para siempre, siete meses antes pude ser yo el que muriera gracias a lo que algunos califican como "once idiotas detrás de una pelota" (once son los metros que separan el punto penal de la línea de meta, once los meses de que murió mi abuela en un vómito de sangre, y siete es el número dilecto de los supersticiosos y es el emblemático de los grandes de Chamartín). Para llegar al quid vivencial de esto sugiero echar ojo a los últimos minutos de los respectivos partidos jugados por el Real Madrid y el Barça el 9 y el 17 de junio de 2007. Quien lo vio no lo olvida: pocas veces el fútbol sin balón tuvo la grandeza que alcanzó en la actitud del capitán merengue, Raúl González Blanco, quien desde el banquillo parecía dirigir una orquesta de gladiadores angélicos dispuestos a tomar el campo de juego (no "el cielo por asalto", tampoco la Embajada de un país "enemigo").
4. Patología
Un año antes Zinedine Zidane había dejado el fútbol. Se despidió de la liga española, de las filas del Real Madrid, harto de darlo todo y no ganar nada, fastidiado de hacer magia intrascendente. El momento mágico prescindió de su magia. La magia de Zizou: magia blanca –magia triste: bleu, blue- en un mundo donde sólo entra en los libros la bitácora de los truquillos negros -si no es que grises o sepias- que hacen fondo al baño de oro y la bisutería –"vidrios rotos". Zizou decidió –quizá sin saberlo, y como siempre o casi siempre- no llegar, no ser él quien levantara esa copa, quien bebiera el vino del triunfo y padeciera la resaca de la gloria.


2 comentarios:
Queridísimo Miguelángel: qué difícil se me hace seguirte por estos quiebres tan toreros por el campo de fútbol. Me quedo con la genealogía porque es de la que entiendo más, nótese que mi afición por este deporte llega sólo de vez en vez y a últimas fechas, se va por los cerros de Úbeda. Los once de tu abuela me conmovieron hasta la médula pero creo que en la vida, hay que buscarse también los sobresaltos en vez de quedarse sólo con las emociones, aunque a ratos parezca cuasi imposible. Lamento el pelotazo pero estoy segura de que fue una aproximación deportiva de la que no habrás de olvidarte jamás, millón de besos.
Cómo olvidar ese momento de gloria. La infamia más gloriosa de la historia.
Eso es un hombre y no chingaderas.
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