De EN EL RETRETE DEL MOSTO

Fragmentos iniciales (1 y 2) de EN EL RETRETE DEL MOSTO * (© sábado & MDM)

1 - "De anciana habitación era despojos" *
2 - "Y debajo del cielo aquella gente" *

*Los tres títulos son obra y gracia de don Francisco de Quevedo y Villegas y así fue todo este libro por entregas que tuvo a bien publicar Huberto Batis, durante una pila de años, en sábado.

A la memoria de mi abuela Chepa,
Josefina Rodríguez Malo (1913-2008),
a quien, junto con mis hijos, más he amado.
No hay consuelo ni puede haber olvido.

Nací bajo el signo de Aries el año de la serpiente. Mi padre quería una niña. Mi madre miraba atónita a los ciegos, los locos, los vagos, los alcohólicos y los extranjeros. Una noche de mis primeros meses me dejó caer en el agua hirviente que le había quemado la mano; otra noche, ávida de sueño, me sacó al corredor del edificio con todo y cuna. Papá trabajaba en ciudades lejanas y siempre llevaba orden y alegría a casa. Estaba lleno de amigos, parientes y planes. Tenía la voz de las rocas y el aspecto de los cipreses. Conocía el mar y los aviones.

Gente de largas raíces, mis parientes miraban al sol con la confianza de las piedras, dormían sin contratiempos y veían la lluvia desde la ventana. Hubo exepciones fascinantes, pero fueron como antorchas que se dispararon para perderse por siempre entre las nubes o la espuma.

Mis abuelas eran como ventanas o como chimeneas. La de papá, flaca y sisañoza como lanza de indio; la otra, como un Cristo gordo y viejo; ambas bien recaladas en cunas y universos. Dos buenas mujeres, dignas de una ternura tan desmesurada como pasada de moda.

El patio de la casa era de adoquín rojo, una y otra vez interrumpido para abrir paso a los troncos de los árboles. Yo miraba de lejos, entre las ramas, el bamboleo de mi bisabuela. Conocí entonces a los gatos y a los perros, a la lombriz de tierra, al ciempiés y al gusano verde del granado. Aprendí a chupar las bugambilias y a despechar los higos. Sentí el cariño personal del árbol y la picadura de la avispa. En el fondo del patio, recogía el azahar mi bisabuela. Conocí las virtudes del silencio.

Después pasaron muchas cosas. Demasiadas. Durante años, vi mi infancia en todo lo que sucedía en el mundo, convertí cuanto habitaba el tiempo en un escaparate de humillaciones, abandonos y maldad gratuita. A fuerza de lejanía y solipsismo, logré domar mi memoria y atar mis sentidos. Ahora acudo a esos recuerdos muy rara vez y sólo como el principio que justifica mi desprecio, mi resentimiento y este mirarme a mí mismo como pieza armónica de un mundo envilecido.

Sólo el tiempo me pudo dar la paz de la comprensión. Doy aquello que me ha sido legado, seré lo que otros fueron y los demás serán. Nadie es mejor o peor. Todo es perfecto y perfectible. Cada palabra es recta, unívoca y eterna en el momento en que es concebida, sólo en ese momento, rara vez coincidente con el de su enunciación o su escritura. Cada acto es igualmente irrenegable. Nada es cabalmente cognosible y eso no nos libra del deber del conocimiento ni del dudoso derecho a la ignorancia.

La vida me ha sido buena y hembra, buena y voluble, buena e infiel. Me pregunto por ella tanto como me olvido de la muerte. Mi condición existencial es positiva. Tengo a la duda en buena estima pero prefiero la incapacidad de formular preguntas. Ante la negación, opongo la ausencia de peticiones y necesidades, por lo que reposo en la negación misma como en un sí perpetuo y decidido.

Mi sangre es la más homogénea mezcla de fracasos y derrotas. Dos imperios caídos se alternan en mi rabia. Cuando abrevo una herida de mi cuerpo, se me queda en la boca ese regusto a humildad impuesta de los mendicantes y los exiliados.

Pulque espeso y tinto riojano son el líquido amniótico en que se engendró este carácter noble y violento, condescendiente y sobervio, timorato y temerario, embustero y honrado, holgazán y laborioso, mezquino y generoso, contradictorio y decidido. He destruido sin consideración un alma: la mía. Hice añicos el corazón más tierno, el que se refugiaba tras la risa franca y la mirada buena de una mujer con ojos negros, grandes y expresivos como de perra niña. He sido agresivo y arbitrario; también injusto. Tal vez incluso fui capaz de matar en una rensilla juvenil. He dejado basura no degradable en mares y bosques. He perdido amistades en el albur de una buena broma. He llorado cada amistad perdida y cada muerte con la debilidad o la cobardía con que se descarga el cuerpo cuando se hace evidente que el coito ha terminado. Profesé ideologías y religiones tan variadas como los borrachos que me invitaron una copa. Abandoné más carreras que causas y trabajos y opté por el ocio de los ideales como profesión. Sin embargo aún hay cosas en que creo, muchas de ellas caducas a falta de referente (quizá es ahí donde debo buscar el origen de mi hiel). Aunque nunca he traicionado, he sido lenguaraz. Nunca he sabido moderarme: parezco un cerdo cuando como y una adolescente gorda en la cama. Más de una vez traté la honra de una dama como si se tratara de un vicio vergonzante. Tampoco mi honra recibió siempre el mejor trato.

He viajado poco -traspuse las fronteras de este país ajeno y por lo mismo amado durante mi adolescencia, de aventones, en Belice-. pero conozco cada rincón de este Planeta como si hubiera vivido ahí desde la infancia. Otros creen haber visto más que yo, como los músicos creen, y a veces se equivocan, haber oído más que yo, que sólo he oído, en realidad, la séptima y la novena de Beethoven y las canciones que compone mi hermano.

Pasé en cama tres años bebiendo alcohol del noventa y seis sin probar bocado. Como buenamente podían, me cuidaban dos putas de la vecindad. Probé todas las drogas y todos los alcoholes. Puedo identificar una marca de aguardiente o una cosecha de vino por el brillo que produce en la piel de quien lo bebe.

Una tarde de agosto salí a buscar alcohol. Dios me interpuso un árbol junto al que jugaban unos niños. Ahí estaba la vida, sangre ligera y ágil, savia impetuosa. Quisiera ahora conocer el nombre de esos niños, identificar ese árbol y también darle un nombre; hablarles: que sepan que su presencia de una tarde amparada por el sol, al menos esa, tuvo sentido (a veces cuesta descubrir cuánta verdad puede haber en los lugares comunes y la cursilería: cualquiera que haya vivido el infierno alcohólico aprobará lo que aquí digo y la forma en que lo digo). Dos días después le hablé a mi padre para pedirle ayuda, fue el primero de septiembre del noventa y cuatro. Al día siguiente estaba hospitalizado, decidido a operar en mí el milagro de Bethania.
El derrotero del asco que me trajo al presente desvió mis pasos hacia rumbos siniestros. Pocas cosas acercan tanto al hombre con su karma como el alcohol. En mi destino estaba delineada la vergüenza tanto como la indignación. Primero sobrio, luego borracho y de nuevo sobrio, he participado de los diversos círculos culturales de este pobre país al que sólo se puede amar a fondo desde alguna forma de extranjería. Conocí investigadores y eruditos, funcionarios y líderes, pintores y escritores, mediocres y grandes, fuertes y frágiles, honestos y vendidos, buenos y malos.

Comparto la vida con gente buena, inteligente y generosa: aun borrachos, drogados o enfurecidos conservan la luz de esa bondad, como un aura sólo visible para iniciados.
Conozco también a los que insatisfechos con hacer de su vida una cloaca extienden su pestilencia a cosas que no les pertenecen. Creen tener en la humorada fácil y aparentemente cínica un salvoconducto a la absolución, pero yo me erijo amo y señor del porvenir moral y los condeno; yo, que encuentro en el escarnio, el autoescarnio y la risa -efectos ineludibles de la ironía, el cinismo auténtico y el deseo de ser feliz- el único escenario adecuado para la honestidad y la verdadera creación.

Conozco también a los que afirman que el arte debe separarse del Estado: confunden fomento e intromisión para salvarse de toda responsabilidad, como si el hambre y el SIDA, por ejemplo, no tuvieran relación alguna con sus pinceladas, sus delirios megalómanos y autosuficientistas y sus cócteles con damas adineradas que aprendieron el arte en manuales, como ellos la cultura y los modales refinados. Ignoran, quizá, que el arte deviene del poder y que éste debe emanar del pueblo, de los mejores de nosotros, de los creadores mismos. Ignoran lo que el propio Marx, aberrante, iluso e ingenuo sabía, y ocultan con su mantilla de vanagloria y supuesta libertad la mancha natural de haber mamado del orden o desorden oficial, sea desde la sumisión o desde la oposición. ¿De verdad creen que nos envuelven en su trampa?, ¿de verdad merece tanto desprecio nuestra inteligencia? Oyen la palabra política y la transforman a base de sinopsis maniqueas en un gargajo idéntico a corrupción, arribismo, comunismo, asesinato y manipulación; su casta vanidad reniega de la administración pública del patrimonio humano y les impide contemplar, así sea con tristeza los dos defectos elementales de la vida en sociedad: que el gobierno es imprescindible y que la verdadera inteligencia normalmente no aspira al poder.

Nietzsche, desesperado y delirante, escribió mucho y dijo poco. Dos frases suyas me conmueven hasta la adopción: "quien no pone el acto detrás de la palabra tiene poco derecho a hacer oír sus críticas" y "mi conciencia y la vuestra no son más una misma conciencia". ¡Cuidado caballertes de pluma fácil y crítica inmediata!: no soy nietzschiano, ni megalómano, ni estoy buscando trabajo; creo en la fuerza incontenible de la felicidad como el impulso único para generar autosatisfacción y consistencia. No promulgo verdades, pero me sé más fuerte que todo cuanto detesto, y me sé invensible, porque soy Pedro y llevo la fuerza cristiana en los cimientos de mi ímpetu vital.

Es seguro que mi vida es un mal ejemplo para la juventud. He llegado incluso a sentirme, como el lobo de Gubia, malo, muy "malo de repente, mas siempre mejor que esa mala gente". Como el lobo de Darío (porque es un poema de Rubén Darío de lo que hablo -caballerete-: en efecto, un centroamericano borracho, cursi y melancólico, al que por eso no haz leído, aunque tal vez tu maetra de letras te informó acerca de que ese hombre exploró la belleza de nuestro idioma y le dio una forma nueva e irreversible), retorno a mi defender y a mi alimentar, revisando lo visto y lo sufrido entre el fango etílico y la charca edionda del medio cultural de nuestro país: la doxa y la verdad mostrarán su pertinencia; la bondad y la nobleza tendrán nombre, la abyección y la mezquindad serán delineadas en la zona trasera de los lienzos, como apuntes privados sin título ni tema que sin embargo son idea sólo a medias desechada, la más de las veces prefiguración evidente de perfiles perfectos y fieles, tanto en su trazo como en sus sombras. Los nombres, sin embargo existen, pero los abandono en la privacía de su inmerecimiento y como factores de esperanza romántica y cristiana de un sujeto delirante e infértil que fue acólito en su niñez, ateo y comunista en su adolescencia y después se emborrachó.

8 comentarios:

Patrulla dijo...

Tu vida ha sido una coqueta pisciana, Monges.

Un saludo afectuoso y la bienvenida al mundo blog.

Atentamente.

Una blogera de la secta batisiana. Don Huberto me pidió un diario en el segundo semestre, leí a Joyce, a Proust, me esforcé, no dormí, deslindé como mediocramente pudé, según San Alfonso Reyes, y,zaz, todo por un mediocre ocho. Ahora lo entiendo, tenía 19 años y no sabía masturbarme, muchos libros poco sexo. Pero gracias al Diosblog eso ha quedado atrás, ahora hablo mal de mi familia, y al menos tengo algo en común con Phillip Roth.

Monica Sanmiguel de Miguel dijo...

Poco puedo decir pues aún no me recupero de la impresión que me ha dado lo que acabo de leer. No es suficiente leerlo una vez para comprenderlo, sólo puedo decir que es una mezcla de sensibilidad y realismo que estremecen a cualquiera.
Ya comentaré algo más cuando lo relea.
Atte.
Mónica

... dijo...

Qusiera acaso recordar dónde estuve ése primero de septiembre de 1994 y quién fui, grandes acontecimientos se acercaban, fue un año tan intenso que no sé por dónde empezar a evocarlo... Una parte de mí dejó de temer y, tras conocer el amor valiente, inevitablemente, descubrí el aun más valiente desamor. No adivinaba la tristeza que se avecinaba, aún entera sentía la vida correr tras el trazo de mi pluma tal y como lo predijera. Con el tiempo... lo impredecible, la luz perdida, la sorpresa, la tragedia y el renacimiento... a través de los duelos, las experiencias de muerte, la vida que todo trastoca dejando casi nada en su lugar y el alma que muestra su fuerza insospechada, nace una y otra vez, cada vez más propia, más fuerte y más entera... junto con la magia de descubrir otras formas de ser, letras por compartir y sentimientos que hermanan esta fe que sólo se descubre desde la oscuridad profunda, en la desamparada soledad y tras conocer el terror del corazón. Gracias por compartir tu libre ser, llegué a ti para saber por qué Horacio era tu fan y quién eras... y realmente me caíste bien... creo que "I became a fan".... Mucho gusto. Mariana.

Paola Cescon dijo...

¡Vaya post, mi Dió! Todo un paseo por los laberintos de los sentidos: del dulce al agrio, de la ternura a la ira, del blanco a la oscuridad, de la seda a la arpillera. Descreo totalmente de aquéllos que alardean de su impoluta vida lineal; sólo la sinuosidad del camino recorrido nos puede llevar a la guarida de la sabiduría. Y aquí, la hay. Felices quienes, mamando el dicho, llegamos a comprender que "Nunca es más oscuro que antes del amanecer"
¡Je! me hiciste saltar el "yo" filosófico. El irónico lo dejo pál post escatológico de Quevedo.
Beso

Elisena dijo...

¡Excelente cordura del delirio etílico!, así ¿quién no quiere ser alcohólico y encontrarse consigo mismo y con los otros?
Saludos.

Anónimo dijo...

Elisena. Ni en mis peores sueños ni mejores pesadillas hubiese creído que no estaba vedado el tiempo de leer semejante tontería.

Eva dijo...

...escalofriantemente admirable ejercicio de desnudar el alma...vamos a ver si existe un hombre con los mismos pantalones de éste HOMBRE...y que se atreva a quitárselos ante todos nosotros.

Mi máxima admiración y respeto, Don Miguelángel Diaz Monges...

Evelyn Negrón-Guzmán

Emilia Marqués dijo...

Cántate las alabanzas que más te gusten, préndete las flores y medallas que prefieras. Magnifica biografía, bien construida, con equilibrio y movimiento, luz y sombra y un excelente fundido de todos los elementos.
Como ves me ha gustado, y mucho